
Gabinetes de Curiosidades, una breve historia
Imagina entrar a una sala donde conviven fósiles, conchas, minerales brillantes, esqueletos de animales, instrumentos científicos, obras de arte y artefactos traídos desde tierras lejanas. Todo dispuesto cuidadosamente para asombrar, educar y provocar conversación. Así eran los Gabinetes de Curiosidades: espacios donde lo desconocido se volvía objeto de admiración.
Estos Cuartos de Maravillas también llamados Wunderkammer nacieron durante el Renacimiento y su popularidad se extendió durante los siglos XVI, XVII, XVIII. Exploradores, nobles, eruditos y mercaderes comenzaron a reunir objetos extraordinarios en colecciones privadas. En ellas buscaban reflejar diversidad y riqueza del mundo (aún sin museos públicos establecidos) y satisfacer una sed de aprendizaje, investigación y asombro.
En una época marcada por los grandes descubrimientos geográficos, el auge del comercio y el despertar del pensamiento científico, estos espacios, que podían ser habitaciones completas, vitrinas o muebles, reflejaban el deseo humano de comprender el mundo a través de la observación y la colección. Los gabinetes no solo despertaban admiración, sino que también ofrecían una experiencia sensorial e intelectual: ver, tocar, clasificar, debatir, especular. En muchos sentidos, eran laboratorios del pensamiento moderno.
Cada objeto tenía una historia, real o imaginada. Lo fantástico y lo científico se mezclaban sin reglas estrictas, despertando la imaginación de todo aquel que los contemplaba.
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Grabado desplegable de Dell'Historia Naturale de Ferrante Imperato (Nápoles, 1599), la primera ilustración de un gabinete de historia natural.
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La entrega del gabinete de arte de Pomerania al duque Felipe II de Pomerania. Obra del artista alemán Anton Mozart, 1617.
Naturalia, Artificialia, Exotica y Scientifica eran las cuatro grandes categorías bajo las cuales se organizaban los objetos en los Gabinetes de Curiosidades. Esta clasificación buscaba abarcar todas las dimensiones del conocimiento y reflejar el asombro ante lo desconocido.
Naturalia reunía elementos provenientes de la naturaleza. Aquí se encontraban fósiles, conchas, corales, minerales, plantas secas, insectos, animales disecados e incluso anomalías biológicas como “sirenas” (combinaciones de peces y monos) o embriones en frascos. Eran objetos que revelaban la diversidad del mundo natural y su belleza misteriosa.
Artificialia incluía todo lo creado o transformado por la mano del ser humano. Esculturas, relojes mecánicos, joyas, instrumentos musicales, objetos de arte y artefactos antiguos componían esta sección. Muchas veces se valoraba tanto la rareza de los materiales como la destreza técnica involucrada en su fabricación.
Exotica albergaba piezas traídas de lugares lejanos, sobre todo de Asia, África y América. Eran objetos que representaban culturas distintas a la europea: máscaras, textiles, armas ceremoniales, instrumentos musicales o estatuillas rituales. En una Europa aún poco globalizada, estas piezas alimentaban la imaginación y el sentido de lo extraordinario.
Scientifica contenía instrumentos científicos como astrolabios, telescopios, microscopios, relojes, autómatas o mapas. Estas piezas no solo mostraban avances tecnológicos, sino que también ayudaban a demostrar el orden racional del universo. En muchos gabinetes, estos instrumentos eran herramientas para experimentar y aprender.
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Domenico Remps, Cabinet of Curiosities. Óleo sobre lienzo 1690, Italia.
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Gabinete de Arte y Curiosidades, pintado por Frans II Francken, 1636.
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El gabinete de Curiosidades de Ole Worm, Museo Wormianum, 1655.
Con el tiempo, los gabinetes de curiosidades evolucionaron y dieron origen a los museos modernos, especialmente los de historia natural. A medida que avanzaba el conocimiento científico y se desarrollaban sistemas de clasificación más rigurosos, muchas de estas colecciones privadas se abrieron al público o fueron donadas a instituciones educativas. El espíritu ilustrado del siglo XVIII promovió su transformación en espacios accesibles y educativos.
Algunas de estas colecciones se convirtieron en el núcleo de importantes museos europeos, como el Ashmolean de Oxford, el Museo de Historia Natural de Viena o el Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid.
Estos nuevos espacios conservaron el asombro de los Wunderkammer, pero incorporaron criterios científicos, clasificación y fines pedagógicos. Así, dejaron de ser simples acumulaciones de rarezas para convertirse en lugares de conocimiento y divulgación.